Detrás de la fama de los corredores rarámuri está encarnada la realidad de la pobreza. Ellos son un referente mundial de la carrera del ultramaratón. Un “orgullo de México”. Pero en la sierra Tarahumara, su hogar, lo que enfrentan cada día es una funesta carrera por la sobrevivencia

Silvino Cubesare, afuera de su casa en Huisuchi, Chihuahua

Silvino trabaja diariamente para domar un caballo que adquirió a muy buen precio

HUISUCHI, CHIHUAHUA.- A Silvino Cubesare Quimare le vendieron un caballo alazano. El cuaco, con buena pinta y un tanto brioso, tenía un problema: nadie lo podía lazar. Con los cuartos lanzaba patadas y de la boca espumosa no salían más que relinchos ante el intento de los vaqueros para asirlo. Por eso, Cubesare lo compró a buen precio y se dispuso a domarlo; un mañana lo correteó durante horas en las barrancas de Chihuahua hasta que la bestia, agotada y sin aire para seguir corriendo, se rindió. El cansancio doblegó la bravura.

Es muy difundida la leyenda de que los rarámuri (tarahumaras, en castellano) cazaban venados persiguiéndolos durante días entre las cañadas hasta que el animal moría de cansancio. La fama ha llevado a estos indígenas del norte de México a recorrer las competencias de atletismo más extenuantes del mundo. Pero, paradójicamente, una mala cosecha, un invierno helado o una gripe puede acabar con esta raza de “superhombres”.

A diferencia de otros corredores profesionales Silvino Cubesare no entrena. Cuando está en su terruño se dedica a sembrar maíz o a aporrear frijol para sobrevivir. Trabajar el campo le da fuerza y una estupenda resistencia que lo pone en carrera durante horas. Este hombre de mirada altiva y rostro afilado es capaz de correr 160 kilómetros (el equivalente a cuatro maratones consecutivos) sin parar, calzando unas sandalias y tomando pinole. Es flaco pero macizo.

A estas alturas de la vida —41 años, dos matrimonios y cuatro hijos— a Silvino le gusta más trabajar el campo que andar en los maratones. Cuando conocemos su casa, el hombre nos presume su caballo alazano. Lo amansa mientras lo azuza con un lazo.

Silvino, trabaja en el campo y ha construido con palos, láminas y adobe las casas que habitan el y su familia

La sierra Tarahumara tiene más territorio que Suiza. Aquí, el Gran Cañón de Colorado queda chico. La altura de sus peñascos empequeñece cualquier cosa. La bastedad desorienta, el viento silba y el frío pela la piel.

Silvino Cubesare vive en Huisuchi, una pequeña comunidad del municipio de Batopilas que está a 12 horas de la capital del estado. El lugar está rodeado por milpas de temporal y rebaños de chivas. La mayoría de las casas son de madera o lámina.

Algunas, con suerte, son de adobe, como la de Silvino, quien cuenta que salió bueno para construir casas.

La barranca de Batopilas es una de las muchas formaciones montañosas de la sierra madre occidental en el estado de Chihuhua.

Cubesare es un corredor excepcional, lo han invitado a correr ultramaratones en Japón, España y Brasil, sólo por decir algunos países. En Batopilas las autoridades decidieron pintarlo en un mural dentro del palacio municipal, junto con Arnulfo Quimare, su primo y compañero de leyendas. La revista Quién lo nombró como uno de los 50 personajes que “mueven a México” (después del piojo Herrera). Y es uno de los protagonistas del Bestseller “Nacidos Para Correr”. En agosto de 2014, el expresidente Enrique Peña Nieto le entregó un reconocimiento por “poner en alto el nombre de México”.

Él empezó a correr desde muy chico en una milenaria celebración rarámuri conocida como rarajípari, en la que dos equipos se disputan una pelota de madera a través de caminos de terracerías. Es una carrera de resistencia que dura días enteros y que recorre varias cañadas. Normalmente se hacen apuestas que van desde telas, costales de frijol o maíz, alcohol, o en los casos más aventurados, caballos u otros animales. La fiesta no para y los músicos se empeñan el darle ánimos a su bando; en la noche los corredores se iluminan con antorchas.

La música es el otro “don” que caracteriza a los rarámuri. En la colonia, los misioneros jesuitas les enseñaron a tocar instrumentos musicales europeos pero los indígenas se convirtieron en entusiastas de la laudería y la composición musical y el violín empezó a ser fabricado con maderas locales como el táscate, palo carnero, esquite y palo fresno. Por eso, los violines rarámuri tienen su propio tono, explica Herculano Cubesare, primo de Silvino y quien aprendió a tocar oyendo a su padre.

Herculano está preocupado porque no sabe cómo escribir las piezas que ha compuesto. Lo cuenta mientras nos muestra sus tenábaris (cascabeles hechos con 300 capullos de mariposa) de ceremonia. Luego, repasa las canciones que deben de tocarse en la fiesta: el “Yumare”, la “Pascola”, la “Ardilla de la Cueva”, el “Venao”; la canción más alegre, “el Conejo”, es para darle ánimo a los corredores cuando ya están flaqueando.

La barranca de Batopilas es una de las muchas formaciones montañosas de la sierra madre occidental en el estado de Chihuhua.

Herculano, en su casa de Huisichi, cuenta como con cascabeles y música de violín se acompaña a los corredores tradicionales del juego conocido como rarajipari

Pero la fiesta del rarajípari, lamenta Herculano, se hace cada vez con menos frecuencia, con suerte un par de veces al año y en comunidades muy alejadas.

Los rarámuri que corren están ahora más interesados en competir en las ciudades que en las celebraciones. El mismo Silvino entiende esas carreras a las que lo invitan como una posibilidad de tener ingresos, pues cada viaje le representa ganancias, por competir o por la venta de artesanías.

Ni siquiera necesita ganar. Con 10 mil pesos sobrevive durante 3 o 4 meses, pues en esta región del país, el único trabajo posible es el que uno se inventa: según datos oficiales, la mitad de la población del municipio de Batopilas vive en la pobreza extrema.


La supervivencia económica de la familia de Silvino, depende de las cosechas de temporal, la venta de artesanías y de algunas de las carreras atléticas en las que participa

La noche que pasamos en su casa su esposa nos calienta frijoles y tortillas para cenar. Tres mujeres de su familia nos miran comer sin probar bocado y se tapan la cara con las faldas cuando se les pregunta cualquier cosa. No caben de la pena. Del refajo asoman sus caras morenas manchadas de blanco, una señal de la mala alimentación. Comemos de pie a falta de sillas mientras Silvino toma sorbos de café soluble con pinole (una bebida hecha a base de maíz) y platica de las carreras.

Dice que los rarámuri que no han sido corredores “le batallan”. Nos cuenta que sopesa la idea de irse de “mojado” a Estados Unidos; que tiene una lesión en el pie que no ha logrado sanar desde hace dos años; que las carreras ya no le hacen ilusión; que tiene la idea de que un libro sobre su historia le ayudaría más a sobrellevar la vida fuera de las pistas de carrera.

En un momento de la charla, le preguntamos si se siente utilizado por los políticos, las marcas de ropa y los periodistas. Silvino duda antes de responder.

“Sí, desde muy antes”, dice finalmente.

Luego se levanta y agarra un puñado de galletas de animalitos. Nadie le pregunta, pero él explica sonriendo: “Siempre me quedo con hambre”.

 

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Según una leyenda rarámuri, el Dios Onorúame los hizo de maíz y moldeó a los chabochis (hombres blancos) con ceniza. Después, los puso a competir en el juego de pelota y aunque los indios ganaron el rarajípari los hombres blancos –avariciosos- se quedaron la apuesta. Los indios quedaron desposeídos. Desde entonces, los rarámuri, que significa hombres de pies ligeros, nunca dejaron de correr.

La primera competencia internacional en la que participaron fue en las olimpiadas de Ámsterdam de 1928. El gobierno mexicano pensó que si los indios podían correr más de 100 kilómetros, fácilmente podrían ganar una carrera de 42. Pero a la meta llegaron tarde los rarámuri, que argumentaron que había sido “muy corto la carrera”.

En la década de los noventa volvieron a destacar en las competencias, pero esta vez fue en los ultramaratones (su especialidad). En 1993 Victoriano Churro Sierra de 52 años ganó un trail de 160 kilómetros en Leadville Colorado, en segundo lugar llegó Cirildo Chacarito. Este último diría años después que no le ganó a su paisano porque se le rompió la correa de un huarache antes de cruzar la meta. En 1994 el rarámuri Juan Herrera logró ganar e imponer un récord en esa competencia.

En 1997 Chacarito ganó el ultramaratón de Los Ángeles. Sus primeras palabras después de cruzar la meta fueron: “se me hizo algo corto”. Las marcas especializadas en deportes se interesaron en los Tarahumara, Nike sacó el modelo TaraNike, pero en una carrera en la que Chacarito probó las zapatillas dijo: “échenme mis huaraches que no aguanto esta cosa”.

Los corredores rarámuri brindaron de exotismo a las carreras: Competían contra atletas que dedicaban su vida a esmerados entrenamientos mientras que ellos sólo trabajaban la milpa o pastoreaban chivas. Corrían con huaraches, tagoras (una especie de falta con taparabo), camisas floreadas y paliacates cuando sus oponentes eran exmilitares con equipo especializado. En vez de hidratarse con bebidas especiales, los indios tomaban pinole. Pronto, los organizadores de las carreras supieron que el atractivo para ellos era recibir como pago cargas de frijol y maíz. Y, salvo por algunas victorias, fue todo lo que ganaron.

Hoy, decenas de rarámuri siguen corriendo en todo tipo de carreras. Desde 2016, por primera vez una mujer rarámuri destacó por correr: Lorena Ramírez saltó a la fama después de quedar en segundo lugar en el ultramaratón de 100 kilómetros de Caballo Blanco y de ganar el ultratrail Cerro Rojo de 50 kilómetros. La muchacha de 25 años corre con falda y huaraches.

Pero hasta ahí termina la “historia de éxito”. La Sierra Tarahumara, donde viven los rarámuris es una región controlada hace tiempo por la narcopolítica que trafica con la tala ilegal de árboles, la siembra de amapola y marihuana, además la minería. Las mafias se han servido de la resistencia extrema de los rarámuri para usarlos como “mulas” en el trasiego de estupefacientes a Estados Unidos, y muchos indígenas son cargados con pacas de droga para luego cruzar el desierto clandestinamente.

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Por teléfono, José Isidro Nava nos pregunta que si para la entrevista es necesario ponerse ropa tradicional rarámuri. Le respondemos que como se sienta más cómodo. Entonces Nava llega al punto de encuentro con pantalón, gorra y una chamarra de mezclilla. En realidad, José Isidro sólo se pone la vestimenta rarámuri cuando va a las carreras o cuando le van a tomar fotografías.

Tiene 29 años y pertenece a una nueva generación de corredores rarámuri a la que animan los viajes a sitios lejanos, aunque también aclara que los maratones son una oportunidad para vender las artesanías que hacen su esposa y su madre.

José Isidro, a diferencia de otros miembros de su familia, prefiere usar mezclilla y gorra que la ropa tradicional Tarahumara

En el mundo del deporte —dominado por una decena de marcas— un tipo que corre sin alimentación especial, ni equipamiento ad hoc es una rareza. Sin pretenderlo, los corredores rarámuri encarnan parte del espíritu new age del deporte, donde se promulga la paz interior y la libertad como valores del buen atleta, y la pobreza y la humildad se venden como un paso ineludible para ser un verdadero campeón. Curiosamente, los primeros detractores de estos preceptos son los rarámuri.

“Corro porque me gusta”, dice sencillo José Isidro.

Huicorachi, donde vive, está en medio de un valle a escasas dos horas de la ciudad de Creel. José Isidro atribuye a esa cercanía que a su comunidad “llegó más la civilización” que ha ido acabando algunas tradiciones rarámuri, como el rarajípari.

José Isidro, a diferencia de otros miembros de su familia, prefiere usar mezclilla y gorra que la ropa tradicional Tarahumara

En sitios turísticos de la sierra Tarahumara es frecuente ver niños que venden artesanías para poder sobrevivir

Pero hay otras cosas que si se conservan. En la tradición rarámuri, correr acompañado es fundamental. José Isidro asiste a las carreras con su primo, Isidro José Rico, un joven mucho más callado e introvertido. Ambos han asistido a una decena de maratones por el país y en los recorridos se sacan plática y se dan ánimos.

—¿Cómo entrenan?

—No tenemos un programa de entrenamiento. Simplemente por cuidar las chivas, por cuidar las vacas. El trabajo es como si fuera nuestro entrenamiento — asegura José.

—¿Qué comes aquí?

—Pues simplemente lo que sembramos allá: chicharos, habas, frijoles, el maíz.

Oficialmente, se estima que hay más de 120 mil rarámuris en México, pero sus historias están más ligadas por la pobreza que por las carreras. En las zonas turísticas o en ciudades como Creel, decenas de niños indígenas persiguen a los turistas para mendigar.

A pesar de que se les considera corredores natos, lo cierto es que sólo algunos rarámuri corren. Los que lo hacen son invitados a reconocidos circuitos de competencia, donde conocen a atletas de todo el mundo y duermen en hoteles de cinco estrellas, con bufetes para el desayuno. Pero las noches de hotel no son para siempre. Terminando la carrera, los corredores rarámuri se quitan sus trajes típicos y emprenden su viaje de vuelta a pequeñas casas en lugares remotos, donde los espera el rudo trabajo de campo.


Isidro José, es primo de José Isidro, ambos comparten su afición por las carreras de montaña

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La casa de José Cruz Cleto tiene más estatuillas que una tienda de trofeos. Las medallas cuelgan en las paredes y los reconocimientos están arrumbados en los cuartos. José Cruz, “Crucito”, divide su tiempo entre las carreras y ser cargador en la Central de Abastos de Chihuahua, donde gana 6 mil 400 pesos al mes y tiene un acuerdo con su patrón para tener permiso de faltar cuando tiene una carrera importante.

Crucito es un rarámuri poco común: es parlanchín y disfruta la plática con extraños. Quizá vivir en la ciudad lo ha curtido, aunque conserva una nobleza envidiable. Su talante grueso engaña, pues es ligero y recio competidor. Cuando se le pregunta por qué corre, responde con sencillez: “para hacer muchas amistades”.

 

Cuenta que comenzó a correr ya grande, cuando se inscribió en una carrera organizada en la Central de Abastos, que corrió sin grandes pretensiones y ganó. Luego se inscribió a un medio maratón que no lo cansó; al final terminó haciendo carreras de hasta 80 kilómetros.

Ahora, en un buen año corre un ultramaratón al mes, además de las “carreras cortas”, como maratones. Entrena algunos días en un cerro cercano a su colonia o regresa del trabajo a su casa corriendo.

Crucito dejó desde muy chico su pueblo en Tierra Verde, en el municipio de Urique, para conseguir un buen trabajo. A sus 57 años ha sido campesino, minero, albañil y cargador. Hoy se enorgullece de la casa que ha levantado en la capital del estado después de 30 años de trabajo, aunque aún le falta para concluir la obra. Aquí están sus trofeos, la Virgen de Guadalupe y los juguetes de sus nietos.

A su pueblo va muy poco, pues ya no están sus padres. Prefirió no enseñar a sus hijos la lengua rarámuri “para que no los discriminaran”. Y sólo se pone la ropa tradicional en las carreras. En su trabajo, el patrón lo refiere como “uno de los mejores empleados”, sus compañeros platican anécdotas sobre sus triunfos.

—¿Cuando vas a dejar de correr, Crucito?

—Hasta que se me canse el cuerpo.

Cuando eso pase se acabarán las carreras, pues ninguno de sus hijos, que nacieron en la ciudad, es corredor. A ellos, dice Crucito, correr no les interesa.